jueves, octubre 09, 2008

Sailing to Philadelphia... and then to Houston

Ya llevo un par de días en los Estados Unidos de América, así que mientras mi queridísima novia está preparando la cena, voy a aprovechar para contar cómo está resultando la experiencia americana...

Me levanté el martes a las 8:00 de la mañana (hora española), para coger el vuelo a las 13:05. En la facturación ya empiezan a hacerte preguntas tontas sobre si llevas explosivos en la maleta y te ponen unas pegatinillas que parecen de esas que dan con el bollicao. El avión era un Boeing 767-300, de esos bimotores que cruzan el atlántico ETOPS (Engines Turn Off: Passengers Swim). La primera escala sería en Philadelphia, la ciudad del queso untable, la del abogado gayer con SIDA y la del 6º Sentido entre otras cosas. El viaje dura unas 8 horas, así que había que comer y cenar en el avión. Me tocó sentarme al lado de una chica, que por suerte se arrancó a hablar conmigo (que ya estaba aburridísimo) y pasamos un vuelvo bastante entretenido. Después de un par de horas de cháchara, ya me dolía el cuello de mirar hacia mi derecha, así que le pedí cambiar un rato el asiento para mirar hacia el otro lado.

En el aeropuerto de Philadelphia hicimos la parte más engorrosa de todos los viajes a los U.S.A., el control de inmigración y de aduanas. Durante el vuelo teníamos que rellenar un par de tarjetillas con nuestros datos, intenciones y productos que llevábamos... ya te empiezan a meter en el cuerpo la sensación de que estás haciendo algo malo, así que tuve que confesar que llevaba algo de jamón ibérico.

En la cola del control de inmigración coincidimos con un par de señoras españolas que iban de vacaciones frecuentemente allí. Una de ellas se había comprado una casa en Utah, con los colegas mormones. Nos estuvo contando que siempre le hacían perder el tiempo cuando veían en el pasaporte la gran cantidad de veces que iba. Yo me conformaba con que no me hiciesen el examen rectal. En cuanto les dije que iba a ver a mi novia que era española y me volvía luego, no me pusieron ninguna pega... por lo visto si vas a ver a tu novia americana se ponen más cabrones por el tema de que a lo mejor te quieres quedar a vivir allí, nos comentó la señora de Utah.

En el control de aduanas me requisaron todo el embutido y el queso, los muy incultos gastronómicos. Si supiese que al menos se lo iban a comer ellos me habría dado menos pena, pero estos no aprecian estas delicatessen. Al menos lo hicieron muy amablemente y con una sonrisa, se ve que están hartos de hacerlo cada vez que llega un vuelo desde España.

Después me di unas cuantas vueltas por el aeropuerto hasta encontrar mi puerta de embarque, porque pensaba que era en otra terminal (la habían cambiado). Con el cambio de hora no tenía muy controlado el tiempo y me pegué unas carreras impresionantes hasta que una señora de información me dijo que estuviese tranquilo, que faltaba más de una hora. Mientras esperaba en la puerta de embarque se me acercó un chaval (al que yo ya le había notado las pintillas de spanish guiri) y me preguntó que si era español... resultó que él era de Barcelona y yo siendo de Madrid teníamos así que ser enemigos mortales, bromeé. Estuvimos contándonos nuestras vidas durante el viaje a Houston, la verdad es que es increible qué rápidos somos los españoles cogiendo confianzas, sobre todo cuando estamos lejos de casa y nos entra la morriña.

Una cosa a tener en cuenta sobre los aeropuertos estadounidenses es lo rápido que descargan el equipaje. En cuanto llegas a donde está la cinta, ya están todas las maletas esperando en el suelo de la sala de recogida. Y eso que tampoco se demoran demasiado en dejarte salir del avión, mucho menos que en Europa.

En Houston me despedí de mi compañero de vuelo y me fui corriendo a por el coche que tenía reservado para alquilar. Una vez allí, me metieron una sorpresa bastante desagradable por el culete, pero que al fin y al cabo ya me temía (aunque en menor medida): el precio del alquiler era casi el doble de lo que me habían dicho en la web. Hijos de puta, cómo se aprovechan de que es tarde y tienes una necesidad.

Al final resignado firmé el contrato y me fui a recoger el buga, que esperaba que fuese un Dodge Caliber (o similar). La señorita de la caseta de alquiler me dice que coja el blanco que está aparcado más cerca, que las llaves están puestas. Hey, no es un Caliber, tiene mejor pinta... me aproximo y reconozco que es un Dodge Avenger, me habría gustado que fuese un Charger para hacer rugir ese motor V6, pero bueno, tampoco está mal. Me meto dentro y las llaves no están puestas, salgo a preguntar y resulta que ya lo había cogido otro señor antes. Me dicen que si no me importa esperar... en ese momento devuelven otro coche y me preguntan que si me vale, les digo que sí, que lo que sea. El coche resulta ser un Subaru Legacy nuevecito. Toma pepino de motor Boxer de 2.5l y 170cv con tracción symmetrical AWD. La verdad es que es una pasada de coche, me siento un poco mejor por el pastizal que he pagado.

La toma de contacto con el cambio automático es un poco traumática, le pido a la chica de la cabina que me por favor me explique cómo funciona eso, que estoy acostumbrado a coches europeos. Me mira con cara de "vaya gilipollas que no sabe mover el palito este, que es palante y patrás". Al final resultaba que mi mayor problema es que intentaba meter una marcha sin tener el freno pisado, y no te deja. Después tuve que refrenar constantemente el impulso de usar el pie izquierdo para desembragar, ya que como el pedal de freno es anchote, lo pisaba y clavaba el coche de golpe, incluso lo llegué a calar una vez.

En cuanto conseguí salir del parking, que también tuvo miga, me puse a seguir las indicaciones del GPS lo mejor que pude, pero la zona de salida del aeropuerto no estaba cartografiada así que tuve que improvisar un poco. Al final me puse en ruta, pero me pasé una salida y tuve que dar cierto rodeo. Puse la radio para intentar relajarme un poco, porque además me había dejado las gafas en España y de noche mi visión deja algo que desear. Me acordé del Grand Theft Auto 2, porque las emisoras sonaban exactamente igual que las del juego, la voz de los locutores, el tono, el ritmo, todo era igual.

Tardé un par de horitas en llegar a Bryan, y en cuanto el GPS me indicó que había llegado a mi destino, comenzó el siguiente problema... ¿dónde coño tienen indicado el número de las casas?. No lo veía por ninguna parte. Dejé el coche parado en medio de la calle con las luces de emergencia y me dispuse para bajar a investigar. Ouch, las llaves no salían. Estuve haciendo fuerza en todas las direcciones, encendí y volví a apagar el motor y nada. Las dejé puestas, total, no había nadie por la calle a esas horas (ya eran más de las doce de la noche).

Vi una casa con las luces encendidas, así que me acerqué a ver si veía algo más. Di una vuelta alrededor, intentando cotillear entre las persianas, pero no me sonaba de nada. Volví al coche y entonces vi los números. Estaban pintados en el bordillo de la acera. Efectivamente, la casa que había estado merodeando no era la que buscaba, porque estaba en los impares y yo tenía que ir a los pares. Por suerte creo que nadie se dio cuenta, o habría podido pasar la noche en la comisaría o devorado por unos perros rabiosos.

Por suerte, la casa de mi novia sí que tenía el número puesto y llamé por la puerta trasera. Al fin salió mi novia y la alegría del reencuentro fue aguada por el problema de que el coche seguía con las llaves puestas. Al final probé a meter la marcha de "Parking" y las llaves salieron.

Ya habían pasado 24h despierto desde que me levanté en España, como en las mejores LAN Partys, así que eché el resto para cumplir y luego a sobar.

2 comentarios:

Bob esponja dijo...

"eché el resto para cumplir y luego a sobar", que elegante Dios.

patricio dijo...

Y como siempre, haciendo amigos hasta en el infierno